
Si está leyendo bien, contrario a todo lo dicho con respecto al Supermartes, en Estados Unidos y cuyos resultados seguramente comentaremos en el futuro, hoy me gustaría hablar del Súper Lunes. No es un invento, fue una realidad por 2 horas y en todo el planeta. El lunes Colombia cumplió uno de sus sueños más anhelados, aparecer como una visión positiva globalmente: La del rechazo a las FARC y sus métodos de “lucha política”.
Para los colombianos en todo el mundo, el secuestro es una pesadilla presente. Una pesadilla que mantiene a casi 800 personas en manos de los guerrilleros, pero a un crecido número que no ha sido establecido, en manos de los delincuentes comunes.
La pretensión de los irregulares de izquierda de hacer creer que su lucha es política, se cae por su propio peso cuando se sabe que esos mismos “luchadores por la libertad” son quienes custodian los campos de flor de coca, que procesados en cocaína, después venden a los Estados Unidos. Son los mismos, por cierto, que secuestran a políticos y personajes relevantes de la vida colombiana para “convencer” al gobierno de “liberar” a sus compañeros presos, y a su vez, son quienes acallan mediante amenazas o crímenes a quienes intentan democráticamente oponerse a su planes.
Ver a personas llorar en nombre de los secuestrados, a muchos de los cuales ni siquiera conocen, habla de un país vital solidario que quiere dejar la pesadilla guerrillera atrás cuanto antes. Habrá voces que hablen contra el Presidente Uribe, y quizás, algunos de esos reclamos tengan fundamento, pero contra lo que no pueden hablar, es de la decisión pacífica mostrada por millones de colombianos de rechazar los métodos de las FARC y sus consecuencias. Ello finalmente nos obliga a mirar el fenómeno con distancia y no con los apasionamientos propios de política diaria. Es que es tan ligero hablar de la lucha por los desposeídos y creer que para remediar esas condiciones es obligatorio delinquir. Muy por el contrario, la verdad es que es difícil luchar sin delinquir, y por sobre todo luchar y respetar los derechos de todos los involucrados.
Por Carlos Zárate
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